6 de diciembre de 2012

Querida Nathalie, querida Esther



Para que mis allegados, condenados
a un ingrato futuro,
no sufran lo que he sufrido, he decidido
no dejarles ni un duro,
sólo derechos de amor,
un siete en el corazón y un mar de dudas.

Joaquín Sabina, A mis cuarenta y diez

Querida Nathalie, querida Esther:

Fue en un mes de diciembre.  Recuerdo la llamada anunciando lo irremediable, era un domingo por la tarde.  El agolparse de los pensamientos que no te dejan pensar, el millón de cosas por hacer, el peso de la vida y del destino, la gravedad de los acontecimientos que casi no te deja levantarte del suelo.  Cuando recibí la noticia, estaba en Valladolid en mi piso de estudiantes.  Pasamos la noche en vela.  Sabíamos que lo enterrarían al día siguiente y que sería una noche y un día muy largos.  Mi amiga Sara y yo hicimos un velatorio improvisado.  Ella escuchándome, como siempre, recordando momentos, hablando de su vida que no siempre fue digna.  Pero en esos momentos me contenía una pena, fuera como hubiera sido, era mi padre y había muerto.  En un momento determinado la luz del salón empezó a parpadear y a mí me pareció una señal, un guiño suyo. Por la mañana salimos temprano acompañados por la escarcha y por el sol invernal que casi nos cegaba los ojos.  Un amigo con una furgoneta prestada nos llevaba a darle el último adiós.  Íbamos los tres sentados delante y en el casette, cómo no, un disco de Sabina.  Pusimos la canción que más representaba ese momento y que a él le gustaba, porque también a mi padre, como a Sabina, le gustaba reírse de la muerte.  Y ahí, en la carretera, con los acordes de A mis cuarenta y diez, nos despedimos de él, a nuestra manera.  Cuando le vi en el tanatorio, me pareció que se estaba riendo y pensé ¡tiene huevos! Éste todavía se está descojonando de todos nosotros... Así era él.  Se burlaba hasta de sí mismo. 
Le había visto por última vez el fin de semana de mi cumpleaños, había venido a celebrarlo conmigo a Valladolid.  Le dije adiós en un autobús, Sara y yo nos bajamos en el Burgo y él seguía hasta Zaragoza.  Estaba haciendo de las suyas, tapándose con la cortina del autobús y diciendo juramentos porque había uno roncando.  ¡Papá! Adiós, buen viaje.
La memoria es selectiva y nos ayuda a deshechar los recuerdos que nos hacen daño.  Las imperfecciones, los errores, el dolor.  Luego recordamos lo bonito.  Como cuando tienes que rebuscar en sus efectos personales y decidir lo que guardas y lo que tiras. 
¿Os cuento algo?: los sueños organizan citas con los seres queridos a los que no vemos.  El único fallo es que nunca son como queremos sino que son caóticos pero allí nos reencontramos y revivimos las caras, los olores.

Querida Esther, qué pena no poder haberte dado un abrazo muy fuerte, haber estado allí. Mi madre me dijo que la ceremonia fue muy emotiva y que la Catedral estaba llena.  Uno se acuerda toda la vida de la gente que te acompañó ese día.  Te acompaño en el sentimiento, lo sabes.  Cuántas veces he bajado a tu casa de la catedral a tomar un café y charlar.  Cuántas veces ha pasado tu padre por la Calle Mayor mientras íbamos de paseo.  Sé que ahora tendrás además de pena,  cansancio.  Como te conozco sé que habrás estado ahí al pie del cañón hasta el último momento.  Eres una persona  auténtica, tienes los pies en la tierra y el corazón con Dios y eso te ayudará a hacerlo más llevadero.  Ojalá que pronto recuperes la sonrisa (platánica ;-) que tanto te caracteriza.

Querida Nathalie, nos conocemos hace pocos años pero ya te tengo mucho cariño y todo por tu maravillosa forma de ser.  El verte tan triste el otro día me rompía el corazón.  Nunca se está preparado para algo así.  Fue un honor poder acompañarte y conocer a tu familia y ver cuánta gente que te quiere quiso estar contigo.  Todavía me acuerdo del aquel almuezo el año pasado en el Al Capella, en el que nos contamos la vida mientras fuera caía el diluvio universal.  El dolor, las noches en blanco, el llanto súbito, pasará.  Y toda la gente que te queremos vamos a ayudarte.

Los días después de la muerte de mi padre, a veces me descubría a mí misma llorando antes de acostarme, cuando llegaba un momento de calma, de silencio.  Nos damos cuenta de que la vida es un préstamo y estamos de paso y que tenemos que aprovechar cada instante en el que se nos permite ser felices.
Mi padre.  Os aseguro que era todo menos perfecto.  Pero era mi padre.  Y dicen que las hijas se parecen a los padres, ¿no?

Un abrazo de corazón,
vuestra amiga.

16 de noviembre de 2012

Las mil y una formas de ser madre



El pasado 11 de noviembre fue el Día Internacional de la Mujer.  Mientras disfrutaba de un café en el desayuno, leí una columna del suplemento del fin de semana de De Morgen escrita por Cathérine Ongenae que me dio ganas de escribir una entrada sobre las mil y una maneras de ser madre.  De su columna se había resaltado la siguiente frase: “los niños no se acordarán el en futuro de lo limpia que estaba su casa, de modo que ¡qué le den a los platos sucios! ¡ viva el polvo y la comida china!”.  Qué razón lleva, pensé.  Nos ofuscamos muchas veces en tareas que son menos prioritarias si tenemos en cuenta qué es lo prioritario y es ser felices y disfrutar el momento.  A ser felices como madres también se aprende.  Se aprende a levantarse un día y en lugar de poner la lavadora y cocinar y lavar los platos y recoger los juguetes del salón, haciendo un sol de lujo fuera (bien preciado por estos lugares) o no haciéndolo, tener la valentía de decir “fuck” (¡qué le den!), y dejarlo todo empantanado e irte a dar un paseo con tu bebé o sola.  Creo que hay algo de lo que sí se acuerdan los niños cuando son mayores y es de lo feliz que era su madre.  Yo tengo ese recuerdo de la mía en mi juventud.  A pesar de tener circunstancias familiares adversas y tener que hacer innumerables horas extras y encima no nadar en la abundancia (ahora lo llaman crisis),  mi madre sabía disfrutar de la vida y yo la veía feliz.  Tenía su trabajo y sus amigas, se daba sus caprichillos, iba al gimnasio y a sus clases de adultos y en casa yo le ayudaba lo que podía para que las dos pudiéramos disfrutar del tiempo libre.  Quiero decir con esto que tenemos como madres la obligación de aprender a ser felices, se lo debemos a nuestros hijos.  De qué nos sirve jugar a ser las madres perfectas teniendo la casa como una patena, cocinando todos los días los manjares más exquisitos, si nos pasamos el día quejándonos y diciendo que no tenemos tiempo de hacer esto o lo otro.  Al final transmitiremos a nuestros hijos que dejamos el trabajo para cuidarlos, que ya no tenemos ningún hobbie por la misma razón y que somos unas esclavas de la familia por lo mismo.  Voy a ser muy bruta pero parece que les estuviéramos mandando el siguiente mensaje subliminar: tuve hijos y dejé de ser feliz.  (Porque no nos engañemos, hay muchos momentos en la vida de una madre en que una se siente desbordada...).  No pasa nada por no cocinar un día y darle a tu hijo pequeño un potito o ir a por comida precocinada.  No pasa nada si una semana no hacemos la limpieza y pedimos a alguien que nos  los cuide un ratito para ir a una exposición, al cine o de compras.  Recargaremos las pilas y volveremos con energía renovada para volver a ser mamás.  Y suscribo otra cosa de la que habla la escritora: basta ya de competir entre nosotras por ver quién es la mejor madre.  Que si la que da el pecho, que si la que da el bibe, la que trabaja a tiempo completo, la que se queda en casa, etc, etc, etc.  Hay mil y una formas de ser madre (que dependen de muchos factores externos a nosotras)  y todas pueden ser la mejor cuando somos felices haciendo lo que hacemos y vemos que nuestros hijos también lo son.  Hay que aprender a ser mamá pero también dejar tiempo para ser mujer, amiga, lectora, fashion victim, lo que sea.

PD: Llegará un día en que esta columna ya no esté dedicada sólo a las mamás sino a los padres en general.  Pero hasta ahora somos nosotras las que nos enfrentamos a todos estos dilemas y a un techo de cristal que muchas veces nosotras mismas nos construimos.

8 de noviembre de 2012

Ilusión



En estos tiempos sombríos dominados por nubes negras y agoreros que proliferan en cada esquina y en cada columna periodística, quizá pueda un discurso a miles de kilómetros de distancia, devolvernos la ilusión.  Ayer por la mañana vi el discurso de Obama en directo y en inglés y creo que como a mí a millones de telespectadores y a oyentes que iban al trabajo en coche, nos llenó de emoción y de esperanza porque a fin de cuentas, quien dirige los Estados Unidos, de algún modo, dirige el mundo y nuestros destinos.  Los norteamericanos han sido valientes.  Lo que no supimos ser la mayoría de los europeos, que culpabilizamos a los gobiernos socialistas de la crisis económica y los chaqueteros de turno dieron la batuta a los partidos de la derecha (por ejemplo, en España).  La Europa intelectual siempre se ha sentido un poco por encima del país de las hamburguesas.  El grueso de nuestra población es mucho más culta y menos fanática.  Pero Europa se está volviendo muy gris azulmarengo y más particularmente mi querida España.  Día sí y día no los medios de comunicación nos fustigan con titulares apocalípticos, con declaraciones trasnochadas y afanes retrógrados de algunos políticos que dan miedo.  Pero ayer Obama, en un discurso sin duda holliwoodiense (y no por eso menos admirable), nos entusiasmó a todos.  Un discurso filosófico, un discurso lleno de agradecimientos entrañables, como la declaración de amor a su mujer (un ejemplo de primera dama, formada, crítica, combativa, nada de mujer florero) y a sus compañeros de partido y lleno de esperanza, de ilusiones que es lo que necesitamos para poder lanzarnos a la conquista de nuestros sueños.  En Europa, la clase política en lugar de motivarnos, aniquila nuestra capacidad de soñar. Obama habló de una gran familia en la que unos cuidan de otros.  Aquí cada día se impone un poco más eso de que “cada palo aguante su vela”. 
Sé que no sólo de palabras bonitas se vive, pero es un buen pistoletazo de salida.  ¿Cómo vamos a salir de la nube negra si primero no nos lo creemos?
Posdata: hay que escuchar el discurso de Obama original, en inglés of course y sin doblar, sólo así podrá llegarnos su mensaje, sin intermediarios, directo al corazón.

26 de octubre de 2012

El último correo



Para Karin, in memoriam

¿Puede uno despedirse para siempre de otros por correo electrónico?   Hasta el año pasado yo habría contestado que no, que eso no podía ser, que era algo inhumano.  Hasta que el 14 de febrero de 2011 recibí un correo de despedida.  Una compañera de trabajo, tras años de lucha contra el cáncer, se estaba muriendo.  En su correo, primero me felicitó por el nacimiento de mi hija, disculpándose por tan tardía felicitación.  Lamentaba no poder llegar a conocerla.  Ahí ya se me heló el alma.  ¿Será verdad eso de que cuando a uno le llega la hora quiere dejar todo atado y bien atado? ¿que uno saca fuerzas para dejar hecho lo que queda por hacer? Supongo que es algo a lo que uno no puede responderse hasta que llega ese momento.  Me deseó suerte en la vida y en lo profesional y afirmaba sentirse conforme y preparada para su final.  Lloré mucho al leer ese correo y eso que no éramos muy íntimas.  Realmente compartimos poco tiempo como compañeras a causa de su enfermedad.  Pero ella sí era íntima de otra compañera y amiga mía más cercana y ya se sabe: tus amigos son mis amigos.  Nos predisponemos a querer a aquellos  a los que nuestros allegados quieren.  Aún recuerdo el día en que fui a hacer la entrevista y a dar mi clase de prueba.  Ella me recibió con su pañuelo en la cabeza pero sonriendo.  Durante la clase de prueba, se sentó junto a la directora para evaluarme.  Me tranquilizó el hecho de tenerla como público amable, de ese que asiente.  Y eso que nos acabábamos de conocer. Después intercambio de materiales, Mira si yo te querré, Amparanoia... entre curso y curso recaídas y periodos ausentes.  Así empecé yo a trabajar más, a ocupar sus horas.  Ley de una vida a veces cruel.  Empecé a saber más cosas de su vida comprometida con los demás, como por ejemplo los años que pasó como periodista en el conflicto de El Salvador donde perdió a su primer marido, médico voluntario.  Pensé muchas veces en ir a despedirme de ella en persona, pero no pude reunir el valor. 
Ayer me estaban esperando dos cajas en la sala de profesores: era todo su material de español.  Su marido lo había dejado en la escuela para que cogiéramos lo que quisiéramos.  Me dio reparo abrir la primera caja: manuales, libros de lectura, fotocopias, cedés, revistas Vocable antiguas... Sobrecoge el tener acceso a algo así.  Entre otra compañera y yo seleccionamos rápido lo que podría servir para la biblio de la escuela y algunas cosas nos las llevamos nosotras.  Si es verdad que el alma vive en las cosas, quedará así un poco de ella en el armario y en la sala donde los profesores van y vienen siempre apresurados.
Descansa en paz compañera, y como quisiste que rezara tu epitafio cito: ¡hasta la victoria, siempre!

17 de octubre de 2012

Musuak



Para Ange.

Besos.  Son los maestros de ceremonia de los reencuentros.  Los que abren y cierran el telón.  Musuak.  Una palabra que aprendí de ti y de una canción de Mikel Urdangarín que me tradujiste para una clase.  Recuerdo la charla que diste en aquella clase enmoquetada de Brujas, un viernes de octubre también.  Tus voz siempre contundente y clara.  El euskera también me suena así de rotundo, como tu voz.  Corrígeme si me equivoco en pensar que tienes una dualidad como la mía.  Un columpiarse entre la seguridad de las palabras y la fragilidad de las emociones.  Cuando hablo contigo, me recuerdas mucho a mí.  A veces te recuerdo en fotos de Audrey Hepburn, aunque tú más canalla.   El cedé que te pedí y que de milagro encontraste ya me acompaña en mis ensoñaciones.   La libreta nacarada con figuras felinas, espera impaciente que me lance a escribir los primeros renglones de algo importante.  El hijo del acordeonista presume de tus viajes en sus páginas arqueadas y descoloridas, y también pide la vez... ¿deberíamos enterrar nosotros también algunas palabras como hace el personaje de Bernardo Atxaga?  No sabría cuál enterrar.
Javier Muguruza canta y su acordeón le acompaña: “Y si llueve/me subiré por los paraguas del paisaje/luz arriba entre las nubes negras de la calle/ y si el tiempo es esplendorosamente malo, correré feliz y transparente a tu lado,/ correré feliz y transparente a tu lado./Y si llueve, /me derramaré sobre el pozo de tu mirada,/tocar el fondo será una cuestión probada./ .../ Y si llueve, /nuestras vidas, reunidas las dos, /serán los ríos que van a dar al amor./”  Sus melódicos y serpenteantes fonemas me fascinan y menos mal que el libreto adjunta las traducciones.  Qué lengua más intrigante, el euskera.

Besos. Los nudos físicos del amor. Abren el telón pero no lo cierran.  Qué felicidad el hecho de saber que existe un compañero para ti, un alma gemela.  Te regalo esta cita que encontré en un libro para que la anotes, si te gusta,  en uno de tus cuadernos:  “No camines delante de mí porque no podría seguirte.  No camines detrás de mí porque podría perderte.  No camines debajo de mí porque podría pisarte.  No camines encima de mí porque podría sentir que me pesas.  Camina a mi lado, porque somos iguales.”

Que sigas siendo tan feliz o más.  Que te acuerdes de mí cuando te pintes las uñas de los pies.  Y no hará falta que hagamos por recordarnos porque siempre nos recordaremos.  Tengo una imagen tuya en la cabeza, una figura esbelta y oscura en la lluvia, se apoya sobre un paraguas multicolor y el paraguas siempre es distinto en mi recuerdo.

Gracias por asomarte un ratito al umbral de mi rutina.